No necesitaba una boda grande.
No necesitaba joyas.
Ni siquiera necesitaba un hombre que me prometiera una eternidad que ninguno de nosotros podía garantizar.
Solo quería que alguien me mirara durante un momento y me hiciera sentir que mi vida había significado algo para otra persona.
Y tú hiciste eso por mí.
Cuando llegaste al hospicio, yo ya había dejado de esperar grandes cosas. Había aceptado los medicamentos, las noches difíciles y las conversaciones en las que los médicos evitaban mirarme a los ojos.
Pensaba que lo único que me quedaba era esperar.
Entonces te sentaste junto a mi cama y me preguntaste qué libro quería leer.
No me preguntaste cuántos meses me quedaban.
No me hablaste de mi enfermedad.
No me miraste con esa expresión de lástima que tanto detestaba.
Simplemente me preguntaste qué quería leer.
Quizá no recuerdes aquel día. Pero yo sí.
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