Mi hijo y yo abordamos en secreto el vuelo de mi esposo piloto para sorprenderlo…

Yo tampoco.

Pero veinte minutos después, una sobrecargo llegó hasta nosotros.

—Señora Hernández, el capitán pide que escuche esto.

Me entregó unos audífonos conectados a una tableta.

Había un archivo de audio.

Presioné reproducir.

La voz de mi suegro llenó mis oídos.

“Valeria, necesito que convenzas a Alejandro de firmar antes del sábado. Si revisa los documentos originales, se acabó.”

Dejé de respirar.

Después habló Valeria:

“No pienso engañarlo. Me contrató para revisar las cuentas, no para destruir a su hijo.”

Roberto respondió:

“Ya aceptaste mi dinero.”

“No. Ese dinero está inmovilizado. Es precisamente la prueba.”

La grabación terminó.

Miré hacia donde estaba sentada Valeria.

Ella ya me observaba.

Entonces entendí algo.

Los 2.8 millones no demostraban que ella fuera amante de Alejandro.

Demostraban que alguien había intentado comprarla.

Cuando aterrizamos en Monterrey, Alejandro nos pidió que esperáramos hasta que desembarcara el resto de los pasajeros.

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