La niña pintó la cara del millonario dormido y terminó descubriendo al verdadero ladrón de la mansión

Víctor respondió:

—Estoy revisando.

Las cámaras no funcionaban.

Exactamente desde las cuatro y doce hasta las cuatro y veintinueve.

Diecisiete minutos.

Demasiado perfecto para ser un fallo casual.

—¿Quién puede desactivar el sistema?

—Yo, dos técnicos y tú.

—¿Los técnicos estuvieron aquí?

—No.

Nos miramos.

Yo jamás habría pensado en Víctor.

Llevaba catorce años trabajando conmigo.

Había gestionado problemas familiares.

Negocios.

Seguridad.

Cuando Isabel enfermó, fue uno de los pocos empleados que visitó el hospital.

Yo confiaba en él.

Por eso interpreté su acceso al sistema como una razón para confiar más, no menos.

Fue un error.

Comenzaron a revisar la casa.

Entonces uno de los guardias apareció sosteniendo una llave.

—La encontramos.

—¿Dónde?

Miró a Laura.

—En el bolsillo de su delantal.

Ella retrocedió.

—Eso no es mío.

Víctor tomó la llave.

—Es una copia maestra.

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