Me vio.
Se llevó ambas manos a la boca.
Durante un segundo pensé que estaba aterrorizada.
Después comprendí que intentaba no reírse.
—Ni se te ocurra.
—Perdón.
—¿Dónde está tu hija?
—¿Qué hizo?
Señalé mi cara.
Laura abrió los ojos.
—¡ALMA!
La niña apareció detrás de una columna.
—Estaba bonito.
—Ven aquí ahora mismo.
—No la mates —dije.
—Señor Ricardo, yo…
—Solo haz que quite esto.
Entonces entró Víctor.
Estaba agitado.
—Ricardo, tenemos un problema.
—Ya lo veo.
Me miró la cara.
—No hablo de eso.
—¿Qué pasó?
—La alarma silenciosa de la caja fuerte registró una apertura.
Sentí que desaparecía cualquier ganas de reír.
Regresamos a la biblioteca.
Abrí.
Faltaba el cofre.
También unos diez mil dólares que guardaba para emergencias.
Y un sobre con documentos relacionados con una negociación empresarial.
—¿Quién entró aquí? —pregunté.