La niña pintó la cara del millonario dormido y terminó descubriendo al verdadero ladrón de la mansión

—Hay objetos caros aquí.

—Alma sabe comportarse.

En ese preciso momento escuchamos algo caer en el pasillo.

Laura cerró los ojos.

Yo levanté una ceja.

—¿Sabe comportarse?

—La mayoría del tiempo.

Alma apareció sosteniendo un florero.

—No se rompió.

—Todavía —respondí.

La niña no me tenía miedo.

Eso era raro.

Los adultos sí.

Ella no.

—¿Por qué tiene una casa tan grande si vive solo? —me preguntó una vez.

—Porque puedo.

—Eso no es una razón.

—Para los adultos sí.

—Mi mamá dice que cuando alguien responde así es porque no sabe qué decir.

Laura casi se atragantó.

—¡Alma!

Yo debí enfadarme.

En cambio, me reí.

Poco a poco comencé a tolerarla.

Después a esperarla.

La niña dibujaba constantemente.

Animales.

Casas.

Personas.

Un día hizo un retrato mío.

Parecía un anciano enfadado con cejas enormes.

—¿Así me ves?

—Sí.

—Parezco terrible.

—Entonces sonreía más.

Guardé el dibujo.

Nunca se lo dije.

La tarde del robo yo había regresado de una reunión agotado.

Tomé un medicamento para el dolor de espalda y me senté en el sillón de la biblioteca.

Recuerdo abrir un libro.

Después nada.

Alma estaba en la casa.

Laura limpiaba el piso superior.

La niña había recibido un pequeño juego de pinturas faciales para una actividad escolar.

Aparentemente me vio dormido.

Y tomó una decisión que solo puede parecer razonable cuando tienes nueve años.

Convertirme en gato.

Más tarde me explicó que primero dibujó los bigotes.

Después la nariz.

Por último una estrella azul.

La pintura tenía un brillo especial porque contenía pequeñas partículas nacaradas.

Alma quería grabar mi reacción.

Así que colocó su tableta sobre una repisa, apuntó hacia mí y comenzó a grabar.

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