Entre ellos había un pequeño cofre de Isabel.
No contenía las joyas más caras que habíamos comprado.
Contenía las importantes.
Un collar que perteneció a su madre.
Unos pendientes que usó el día de nuestra boda.
Un broche de esmeraldas que yo le regalé cuando nació nuestra hija.
No valían tanto como otras piezas guardadas en el banco.
Pero para mí eran irreemplazables.
Por eso las tenía en una caja fuerte escondida detrás de una estantería de la biblioteca.
Muy pocas personas conocían su existencia.
Yo.
Mis hijos.
Víctor Salcedo, mi administrador y jefe de confianza.
Y durante los últimos meses, probablemente Laura, la nueva ama de llaves, porque limpiaba aquella habitación.
Laura llegó a trabajar conmigo después de que mi antigua empleada se jubilara.
Tenía treinta y ocho años.
Era eficiente.
Reservada.