—Rachel —susurré—, nunca he querido competir contigo.
Ella se cubrió el rostro.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué me trataste como una enemiga?
No respondió.
El rey se dirigió a su secretario.
—Por favor, traiga la condecoración.
Un hombre apareció sosteniendo una pequeña caja azul.
Mi respiración se detuvo.
El rey la abrió.
Dentro descansaba una insignia dorada.
—En reconocimiento a su servicio y a la protección brindada a nuestros ciudadanos durante aquella evacuación, deseamos entregarle esta distinción honorífica.
Los invitados comenzaron a aplaudir.
Yo permanecí inmóvil.
No había esperado nada de aquello.
—Su Majestad, me siento honrada —respondí—. Pero los miembros de mi equipo también merecen reconocimiento.
El rey sonrió.
—Sus nombres figuran en la documentación quehemos preparado.
Aquello significó más para mí que cualquier aplauso.
Cuando terminó la ceremonia, Alexander me acompañó hasta una terraza con vistas al mar.
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