Rafael respondía:
“Ayudarlo a levantarse es una cosa. Enseñarle que siempre estaremos debajo para evitar que caiga es otra.”
Solo comprendí esas palabras después de perderlo.
Tres semanas antes de morir, Rafael estaba en el hospital, consumido por el cáncer. Una noche me pidió que cerrara la puerta.
Luego sacó de debajo de la almohada una pequeña llave de latón.
Tenía grabado el número 413.
“Guárdala, Elena.”
“¿Qué abre?”
“No puedo explicártelo todavía.”
“Rafael…”
Me apretó los dedos con una fuerza que no parecía quedarle.
“Prométeme que no se la darás a Adrián.”
Me quedé inmóvil.
“¿Por qué habría de hacerlo?”
“Prométemelo.”
Había miedo en sus ojos.
No miedo a morir.
Miedo a algo que iba a ocurrir después.
“Te lo prometo.”
Rafael murió tres semanas más tarde, sosteniendo mi mano.