—Usted tiró el trabajo de Klava al bote de basura frente a todos sus compañeros —la interrumpió Ben, señalando el cesto metálico junto al pizarrón—. Y luego la forzó a pedir disculpas por haber dicho la verdad sobre su familia y el sacrificio de este animal.
El silencio en el salón era total; los demás niños miraban fascinados a Klava, quien observaba a su papá con los ojos llenos de orgullo y alivio. Scout permanecía sentado como una estatua a los pies del militar, sin emitir un solo ladrido, pero con la mirada fija y atenta.
Ben se acercó despacio al bote de basura, se agachó y sacó las hojas arrugadas del proyecto de su hija. Con cuidado, usando sus manos grandes y callosas, las desarrugó sobre el escritorio y miró fijamente a la maestra.
—En el Cuerpo de Marines nos enseñan a reconocer los errores con dignidad —dijo Ben mirándola a los ojos—. Mi hija tuvo que pararse ayer frente a todos a pedir un perdón humillante que no merecía. Lo mínimo que usted debe hacer ahora, señorita Harrow, si de verdad le queda algo de integridad docente, es hacer exactamente lo mismo.