Julián comenzó a llorar.
—Hace cuatro años.
Me apoyé contra la pared.
Durante cuatro años mi marido había sabido que yo no era la mujer sin recursos que fingía creer.
Durante cuatro años había permitido que su madre me humillara.
Durante cuatro años había utilizado mi silencio para sentirse superior.
Y ahora comprendía que su crueldad podía esconder algo más que arrogancia.
—¿Por qué nunca me dijiste nada? —pregunté.
Julián respondió con una voz apenas audible:
—Porque Victoria dijo que, si tú descubrías lo que habíamos hecho, perderíamos todo.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué habían hecho?
Julián respiró agitadamente.
—Clara, necesito que me prometas que me escucharás antes de llamar a tus abogados.
Miré la pantalla del intercomunicador.
—No voy a prometerte nada.
Entonces pronunció una frase que me dejó helada.
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