Parte 2: La verdad que mi padre se llevó a la tumba

Yo lloré aquella noche.

No quería que se marchara, pero tampoco quería convertirme en la razón por la que renunciara a

dad tan importante.

Durante las semanas siguientes, lo ayudé a preparar sus documentos, organizar sus maletas y revisar todos los detalles del viaje.

La mañana de su partida, me llevó al aeropuerto de Monterrey. Antes de entrar en la zona de embarque, me abrazó con fuerza y me besó la frente.

—Dos años pasan volando, Mariana. Te lo prometo.

Después me miró directamente a los ojos.

—Pase lo que pase, nunca dudes de mí.

Aquellas fueron las palabras que más me dolieron recordar cuando escuché su voz al otro

lado del teléfono.

Porque, tres horas después de despedirlo, recibí una llamada de un número desconocido.

La mujer que hablaba parecía asustada.

—¿Usted es Mariana Torres, la esposa de Ricardo?

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