“Estoy eligiendo a mi hija,” dijo Lucía en voz baja, pero claramente. “Y estoy protegiendo la casa que su padre hizo posible para nosotros. Por favor, vete.”
Doña Rosa abrió la boca para hablar, pero mirando el brillo constante de Esteban y los papeles legales que descansaban en la puerta, se dio cuenta de que no le quedaba influencia. Con una amarga sacudida de la cabeza, se dio la vuelta y marchó de regreso al coche. Maribel y Tomás se subieron rápidamente a la camioneta, arrancaron el motor y se alejaron de la acera, dejando atrás solo una débil nube de escape.
Esteban esperó hasta que los vehículos dieron la vuelta y desaparecieron por la calle antes de girar a Lucía con una suave sonrisa. – ¿Estás bien, Lucía?
Lucía abrió la puerta blanca y la abrió, dejando que su cuñado entrara en el estrecho patio cerca del limonero. Las lágrimas de alivio se ponían bien en sus ojos, pero esta vez no los escondía.
“Ahora lo estoy”, dijo Lucía, ofreciéndole una sonrisa de agradecimiento. “Gracias, Esteban. Para todo”.
“Andrés estaría orgulloso de ti”, dijo Esteban en voz baja, mirando alrededor del patio azul y brillante. “Construiste un muro seguro alrededor del futuro de tu hija hoy”.
Lucía regresó a su sala de estar, colocando a Emilia cuidadosamente en su cuna cerca de la ventana iluminada por el sol. La casa estaba tranquila, llena solo con el suave sonido de la brisa que se mueve a través de las hojas del exterior. Por primera vez desde que Andrés había pasado, Lucía sintió una profunda e inquebrantable sensación de paz. La casa azul era pequeña, pero sus puertas estaban cerradas para temer, y sus habitaciones estaban abiertas de par en par a un futuro tranquilo y esperanzado.