Después de 13 años de matrimonio, fui a la boda de mi exmarido con un compañero de trabajo fingiendo ser mi novio. Al verme, se rio delante de todos: “Nadie como él estaría contigo”. Yo no discutí. Mi acompañante solo puso una caja sobre la mesa y dijo: “Te traje un regalo”. Cuando el novio la abrió, dejó de sonreír.

Así que dije que sí.

Después miré otra vez la palabra “acompañante” en la invitación.

No quería llegar sola.

No porque necesitara un hombre.

Eso era lo que me repetía.

La verdad era más incómoda: quería que Max me viera con alguien y sintiera, aunque fuera durante diez segundos, que quizá se había equivocado conmigo.

Por eso el lunes siguiente me planté junto al escritorio de Eduardo, mi compañero de trabajo.

“Necesito un favor.”

Levantó la vista de la computadora.

“Esa frase casi siempre termina costándome dinero.”

“Quiero que vengas conmigo a la boda de mi exmarido.”

“¿Como apoyo emocional?”

parte2

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