Que había sido una broma.
Que ella era demasiado pequeña para entender.
Pero yo llevaba años viviendo bajo las consecuencias de cosas que nadie quería decir claramente.
Así que respondí:
“Porque quería que tu papá pensara que alguien me quería.”
Camila frunció el ceño.
“Pero nosotras queríamos que vinieras.”
No pude responder.
Me abrazó.
Y aquella frase de mi hija hizo más por mí que cualquier discurso de Eduardo.
Porque mientras yo había pasado días eligiendo vestido, acompañante, maquillaje y hasta la manera de entrar al salón, intentando controlar lo que Max pensaría cuando me viera, Camila nunca había necesitado ninguna prueba.
Cuando regresó con su hermana, me quedé unos segundos mirando el suelo.
Eduardo seguía allí.
“Lo siento”, dijo.
“Todavía estoy enojada contigo.”
“Deberías.”
“Lo que hiciste fue arrogante.”
“También.”