Se veía hermosa.
Odié que todavía me doliera admitirlo.
Max caminó hacia nosotros.
“Así que este es tu acompañante.”
“Max, él es Eduardo.”
Eduardo le tendió la mano.
“Felicidades.”
Max lo recorrió con la mirada.
Después soltó una carcajada.
No una sonrisa incómoda.
Una carcajada.
Varias personas cercanas voltearon.
“¿Qué es tan gracioso?”, pregunté.
Max señaló a Eduardo con la copa.
“¿Él? ¿Tu novio?”
Clara tocó su brazo.
“Max, ya.”
Pero él continuó.
“No me lo creo, Verónica. Nadie como él saldría contigo.”
Sentí que el rostro me ardía.
Y entonces añadió, sonriendo:
“Dime la verdad. ¿Cuánto le pagaste?”
Durante medio segundo volví a estar en nuestro antiguo dormitorio, mirándolo cerrar aquella maleta.
Eduardo no levantó la voz.
Solo sonrió.
“En realidad, Max, yo también te traje un regalo de bodas.”
Max dejó de reír.
“¿A mí?”