Señalé la caja.
“Empieza sacando esos pantalones de la boda de mi exmarido.”
Eduardo la levantó.
“El mejor novio falso que has tenido.”
“El único.”
“Sigo invicto.”
Se me escapó una risa.
No porque lo hubiera perdonado.
Simplemente porque, por primera vez en toda la noche, reír no tenía nada que ver con Max.
Encontré a mis hijas cerca de la mesa de postres.
Sofía tenía betún rosa hasta en la mejilla.
Camila sostenía sus zapatos en una mano.
“Nos vamos.”
“¿Ya?”, protestó Sofía.
“Sí.”
“¿Puedo llevar pastel?”
Miré sus manos pegajosas.
“Creo que ya llevas suficiente encima.”
Salimos hacia el estacionamiento.
La noche estaba fresca.
Yo acababa de abrir el auto cuando escuché mi nombre.
“¡Verónica!”
Max venía detrás de nosotros.
Me giré.
“¿Qué?”
Miró hacia Eduardo, que caminaba varios metros más atrás con la caja.