Todo aquello que dejaba de funcionar terminaba frente a él.
Era uno de los pocos trabajadores que había conocido bien a Sofía.
Ella hablaba con todo el personal.
Sabía los nombres de sus hijos.
Recordaba cumpleaños.
Cuando Esteban perdió a su esposa, Sofía fue personalmente al funeral.
Después de la muerte de ella, él había observado cómo la mansión cambiaba.
Ya nadie ponía música en la cocina.
Las flores del comedor desaparecieron.
Alejandro comenzó a cenar en su oficina.
Y Valentina dejó de bajar al jardín.
Hasta una tarde en que Esteban estaba reparando un banco.
Escuchó una voz detrás.
—Está torcido.
Se giró.
Valentina.
No sabía que la niña casi nunca hablaba con empleados.
—¿Qué cosa?
Señaló el banco.
—Eso.
Esteban lo observó.
—Tienes razón.
La pata izquierda estaba un poco desnivelada.