Mi madre repartió cuatro habitaciones de mi casa entre mi hermano, su esposa y sus hijos sin preguntarme nada. “Él ya dejó su trabajo, así que no puedes echarnos”, me advirtió. Yo acababa de descubrir que también habían rentado su departamento para mudarse conmigo. Cuando llegaron mi esposo y nuestras dos niñas, mi madre se quedó sin habla. Pero esa noche escuché su plan verdadero y saqué mi celular para grabarlo.

—Diego debe casi novecientos mil pesos —susurró—. Solicitó préstamos a mi nombre sin avisarme. Encontré copias de las actas de nacimiento y las CURP de los niños entre sus papeles. No sé para qué las usó. Cuando quise reclamarle, me dijo que, si me iba, su mamá lo ayudaría a quitarme a mis hijos.

La miré de frente. Por primera vez no vi a la mujer callada que había entrado con las maletas, sino a alguien que llevaba años sobreviviendo dentro de la misma trampa de la que yo había escapado.

—¿Por qué no te habías ido?

—Porque mi departamento está rentado, porque no tengo ahorros y porque cada vez que consigo un trabajo Diego me convence de renunciar. Mi mamá vive en un pueblo y apenas tiene para sus medicinas. No quiero que mis hijos sigan escuchando amenazas, Mariana. Tengo miedo.

Recordé su boda. Mi madre me había impedido entrar porque, según ella, ya no pertenecía a la familia. Lorena fue la única que salió a pedirme disculpas.

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