Mi madre repartió cuatro habitaciones de mi casa entre mi hermano, su esposa y sus hijos sin preguntarme nada. “Él ya dejó su trabajo, así que no puedes echarnos”, me advirtió. Yo acababa de descubrir que también habían rentado su departamento para mudarse conmigo. Cuando llegaron mi esposo y nuestras dos niñas, mi madre se quedó sin habla. Pero esa noche escuché su plan verdadero y saqué mi celular para grabarlo.

A medianoche bajé por agua. La puerta de la terraza estaba entreabierta. Reconocí la voz de mi madre:

—Mañana me voy a desmayar frente a las niñas. Si intentan sacarnos, diremos que Mariana abandonó a su madre enferma. Y si hace falta, la denunciamos. Nadie va a echarnos de aquí.

Saqué el celular y empecé a grabar.

Entonces apareció Lorena, descalza y temblando. Me mostró un mensaje recibido aquella tarde de un cobrador:

«Tu cuñada tiene una casa muy bonita. Ya sabemos dónde está. Dile a Diego que pague esta semana o iremos a visitar a su familia».

Pero lo que Lorena me confesó inmediatamente después era todavía peor que aquella amenaza.

PARTE 3

Lorena miró hacia las escaleras para asegurarse de que sus hijos estuvieran dormidos. Después me enseñó otros mensajes. Había amenazas de cobranza, fotografías de la entrada de su edificio y una referencia a la escuela de Nicolás.

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