Mi madre repartió cuatro habitaciones de mi casa entre mi hermano, su esposa y sus hijos sin preguntarme nada. “Él ya dejó su trabajo, así que no puedes echarnos”, me advirtió. Yo acababa de descubrir que también habían rentado su departamento para mudarse conmigo. Cuando llegaron mi esposo y nuestras dos niñas, mi madre se quedó sin habla. Pero esa noche escuché su plan verdadero y saqué mi celular para grabarlo.

—Para visitarla, sí. Para quedarse a vivir, todavía más —respondió él.

Diego se adelantó, molesto.

—Ya renuncié a mi trabajo. Además, rentamos el departamento de Lorena por tres meses y cobramos por adelantado. ¿Ahora qué quieres que hagamos, hermana? ¿Que durmamos en la calle?

Miré a Lorena. Ella apretó los labios.

—¿Tú aceptaste rentarlo? —pregunté.

—Diego dijo que tú ya estabas de acuerdo —murmuró.

La mentira me resultó dolorosamente familiar.

—En ese caso, regresen a Puebla y resuelvan lo que ustedes decidieron sin consultarme.

—¡Tú siempre tan egoísta! —espetó Diego—. Desde que le quitaste a la familia el departamento de la abuela.

Sentí que algo dentro de mí se acomodaba, como una pieza que llevaba años torcida.

—No se lo quité a nadie. La abuela me lo heredó. Yo lo vendí para darte el dinero del autolavado. Por cierto, ¿dónde quedó ese negocio?

—Quebró, ya te dijimos.

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