—Para visitarla, sí. Para quedarse a vivir, todavía más —respondió él.
Diego se adelantó, molesto.
—Ya renuncié a mi trabajo. Además, rentamos el departamento de Lorena por tres meses y cobramos por adelantado. ¿Ahora qué quieres que hagamos, hermana? ¿Que durmamos en la calle?
Miré a Lorena. Ella apretó los labios.
—¿Tú aceptaste rentarlo? —pregunté.
—Diego dijo que tú ya estabas de acuerdo —murmuró.
La mentira me resultó dolorosamente familiar.
—En ese caso, regresen a Puebla y resuelvan lo que ustedes decidieron sin consultarme.
—¡Tú siempre tan egoísta! —espetó Diego—. Desde que le quitaste a la familia el departamento de la abuela.
Sentí que algo dentro de mí se acomodaba, como una pieza que llevaba años torcida.
—No se lo quité a nadie. La abuela me lo heredó. Yo lo vendí para darte el dinero del autolavado. Por cierto, ¿dónde quedó ese negocio?
—Quebró, ya te dijimos.