—Pon agua para el café, Mariana —ordenó, sentándose a mi mesa—. Hoy repartiremos las habitaciones.
En ese instante escuché abrirse la puerta principal.
—¡Mamá, ya regresamos de natación! —gritaron mis hijas.
Ricardo apareció detrás de ellas, cargando las mochilas. Mi madre se quedó inmóvil al escuchar a las dos niñas llamarme mamá, y su siguiente pregunta me heló la sangre.
—¿Quiénes son estas criaturas y por qué ese hombre tiene llaves de mi casa?
PARTE 2
—Esta no es tu casa, señora Teresa. Es nuestra —respondió Ricardo, sin alzar la voz—. Soy el esposo de Mariana.
Mi madre lo observó de arriba abajo. Luego miró a Valentina, de ocho años, y a Lucía, de cinco, todavía con el cabello húmedo de la alberca.
—¿Estás casada? ¿Y tienes dos hijas? ¿Desde cuándo?
—Desde hace nueve años estoy casada. Y ellas son tus nietas.