Mi madre repartió cuatro habitaciones de mi casa entre mi hermano, su esposa y sus hijos sin preguntarme nada. “Él ya dejó su trabajo, así que no puedes echarnos”, me advirtió. Yo acababa de descubrir que también habían rentado su departamento para mudarse conmigo. Cuando llegaron mi esposo y nuestras dos niñas, mi madre se quedó sin habla. Pero esa noche escuché su plan verdadero y saqué mi celular para grabarlo.

Diego la miró como si acabara de escucharla hablar por primera vez.

—Tú no decides eso sola. Son mis hijos.

—Precisamente porque son tus hijos deberías preocuparte de que unos cobradores conozcan su escuela —replicó ella—. Yo voy a protegerlos. Lo demás lo resolveremos por la vía legal.

Tomás se acercó a la puerta, sin tocar a nadie. Diego vio las maletas y comprendió que su esposa llevaba horas preparando la salida. No volvió a bloquearle el paso.

Pero mi madre todavía tenía otra petición.

—Está bien, que Lorena se vaya. ¿Y Diego? No tiene trabajo, no tiene dinero. No vas a abandonar a tu hermano.

—Mamá, Diego dejó un empleo sin consultarme porque supuso que podría vivir del mío. No voy a pagar sus préstamos, ni a alojarlo aquí, ni a volver a vender algo que me pertenezca para rescatarlo.

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