Diego la miró como si acabara de escucharla hablar por primera vez.
—Tú no decides eso sola. Son mis hijos.
—Precisamente porque son tus hijos deberías preocuparte de que unos cobradores conozcan su escuela —replicó ella—. Yo voy a protegerlos. Lo demás lo resolveremos por la vía legal.
Tomás se acercó a la puerta, sin tocar a nadie. Diego vio las maletas y comprendió que su esposa llevaba horas preparando la salida. No volvió a bloquearle el paso.
Pero mi madre todavía tenía otra petición.
—Está bien, que Lorena se vaya. ¿Y Diego? No tiene trabajo, no tiene dinero. No vas a abandonar a tu hermano.
—Mamá, Diego dejó un empleo sin consultarme porque supuso que podría vivir del mío. No voy a pagar sus préstamos, ni a alojarlo aquí, ni a volver a vender algo que me pertenezca para rescatarlo.