Mi madre entró con un suéter sobre los hombros y una expresión de sufrimiento ensayado.
—No dormí nada. Me duele el pecho de tanto disgusto. Mira lo que me obligas a pasar, Mariana.
—Si de verdad te duele, llamamos a emergencias ahora mismo —respondí—. Pero antes quiero que escuches algo.
Puse la grabación sobre la mesa.
Su propia voz llenó la cocina: «Mañana me voy a desmayar frente a las niñas… Diremos que Mariana abandonó a su madre enferma… Nadie va a echarnos de aquí».
Luego escuchamos la segunda parte: «Los niños se quedan con nosotros… Siempre ha sido demasiado blandita… Por eso pudimos hacer con ella lo que quisimos».
Mi madre bajó lentamente la mano que había apoyado sobre el pecho.
—Estaba alterada. No puedes usar una conversación privada contra tu propia madre.
—Y tú no puedes inventar una emergencia para chantajear a tu hija —respondí—. ¿Sabes cuánto tiempo me culpé por aquella supuesta enfermedad de hace diez años? Después supe que fue una crisis de presión y que saliste del hospital dos días después. Aun así vendí el departamento porque creí que te estaba matando.