Cuando llegué, lo encontré acostado en una camilla.
Estaba despierto, pero demasiado pálido.
—Tranquila, amor —me dijo—. Seguramente fue el estrés.
Quise
creerle.
Pero los estudios revelaron algo mucho peor.
Un cáncer agresivo que ya se había extendido a varias partes de su cuerpo.
Los médicos explicaron que las opciones de tratamiento eran limitadas y que su pronóstico era muy delicado.
Recuerdo estar sentada frente al oncólogo, escuchando palabras que parecían pertenecer a otra persona.
Enfermedad avanzada.
Tratamiento paliativo.
Meses de vida.
Tal vez menos.
Miré a Ben.
Él no lloraba.
Solamente me sostenía la mano con fuerza.
Cuando regresamos a su habitación, me derrumbé.
—No es justo —sollozaba—. Íbamos a casarnos. Íbamos a comprar una casa. Queríamos tener hijos.
Ben me abrazó.
—Lo sé, mi vida.
—No quiero perderte.
Me besó la frente.
—Todavía estoy aquí.
Durante las semanas siguientes su salud empeoró.