La familia de Maya estaba intentando reunir dinero para comprar una nueva, pero el precio superaba sus posibilidades.
—La semana pasada ocurrió algo horrible —continuó Julian.

Me contó que Maya se había quedado atrapada cerca de la cafetería cuando una de las ruedas dejó de girar. Algunos estudiantes comenzaron a reírse mientras ella intentaba mover la silla.
Julian se acercó para ayudarla.
—Delante de todos fingió que no le importaba —me explicó—. Incluso hizo una broma. Pero después, cuando nos quedamos solos, empezó a llorar.
Se le quebró la voz.
—Me dijo que estaba cansada de sentirse una carga para los demás.
Aquellas palabras me partieron el corazón.
—¿Y sus padres no pueden conseguirle otra silla?
—Están ahorrando todo lo que pueden, pero todavía les falta mucho.
Julian levantó los ojos hacia mí.
—Mamá, yo tenía una guitarra increíble. Podía tocar música cuando quisiera. Pero Maya ni siquiera podía moverse por el colegio sin miedo a que su silla se rompiera.