Meses después ocurrió algo todavía peor.
Mi banco me llamó.
Habían recibido una solicitud para añadir a Marcos como autorizado en una de mis cuentas.
Yo no había solicitado nada.
Fui personalmente.
La empleada me mostró los documentos.
Había una firma que intentaba parecerse a la mía.
No era perfecta.
Pero era suficientemente parecida como para asustarme.
—Quiero cancelar cualquier solicitud —dije.
La mujer me recomendó cambiar accesos, contraseñas y establecer medidas adicionales de seguridad.
Lo hice.
No confronté a Marcos inmediatamente.
Ese fue mi primer movimiento inteligente.
Comencé a observar.
Durante años yo había resuelto todos los problemas enfrentándolos de frente.
Esta vez decidí callar.
Consulté a una abogada llamada Lucía.
Le conté todo.
Los préstamos.
El poder.
Los comentarios sobre mi memoria.
La solicitud bancaria.
Me escuchó sin interrumpirme.
Después dijo:
—Elena, necesito preguntarte algo difícil. ¿Te sientes segura en tu casa?