Vendí también la casa grande donde había vivido durante casi treinta años.
No porque Marcos me hubiera vencido.
Porque ya no quería vivir allí.
Demasiados recuerdos.
Demasiadas habitaciones vacías.
Y, especialmente, aquella pared.
Con el resto del dinero hice algo que llevaba años posponiendo.
Viajé.
Primero fui a Italia.
Daniel y yo siempre habíamos prometido ir.
Después visité Portugal con mi hermana.
Nunca había visto el océano desde aquel lado del mundo.
Una tarde, mientras tomábamos café frente al agua, mi hermana me preguntó:
—¿Te arrepientes de haber gastado tanto?
Sonreí.
—Durante años ahorré pensando en lo que dejaría cuando muriera. Se me había olvidado que el dinero también sirve para vivir mientras uno está aquí.
Marcos dejó de hablarme durante casi seis meses.
Yo sufrí.
Muchísimo.
Hay personas que creen que establecer límites elimina el dolor.