Me miró.
—Sí.
Aquella respuesta me sorprendió.
—Estoy en terapia.
No dije nada.
—No vine a pedir dinero.
—Bien.
—Ni a pedir que olvides.
—Eso tampoco ocurrirá.
Asintió.
—Solo quería pedirte perdón.
No lo abracé.
No inmediatamente.
El perdón no siempre tiene que ser una escena donde todos lloran y vuelven a ser una familia perfecta.
Le dije:
—Te perdono por mi tranquilidad. Pero volver a confiar en ti será otra cosa.
Marcos aceptó.
Nuestra relación tardó años en reconstruirse.
Nunca volvió a tener acceso a mis cuentas.
Nunca le entregué llaves de mi casa.
Nunca mezclamos nuevamente afecto con dinero.
Al principio aquello parecía frío.
Con el tiempo se convirtió en algo más saludable.
Él tuvo que aprender que ser mi hijo no le daba derecho sobre mí.
Y yo tuve que aprender que ser su madre no me obligaba a sacrificarme hasta quedarme sin nada.