Me puse de pie.
No podía soportarlo más.
—¡Alejandro!
Mi voz atravesó la cabina.
Los aplausos murieron.
Valeria giró.
Cuando me vio, perdió el color del rostro.
La sobrecargo bajó la caja.
Y Mateo se levantó detrás de mí.
—¡Papá!
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces Alejandro apareció desde la parte delantera de la cabina.
Su expresión fue imposible de olvidar.
Primero sorpresa.
Después miedo.
Y finalmente algo parecido al alivio.
—Lucía…
—¿Quién es ella?
Valeria dio un paso atrás.
Alejandro miró a Mateo.
—No aquí.
Me reí, pero sentí lágrimas enlos ojos.
—¿No aquí? Acabas de anunciar delante de todo el avión que esta mujer significa todo para ti.
—Yo no dije eso.
Me quedé inmóvil.
—Claro que lo dijiste.
Una sobrecargo intervino con discreción.
—Señora, por favor, necesitamos que todos regresen a sus asientos para el despegue.