La sonrisa desapareció de su rostro.
Verónica se acercó.
“¿Quién se cree usted? Mi hijo es abogado. ¿Sabe quién es su tío?”
“Sí. El fiscal Ricardo Valdés. Lo conozco desde hace más de diez años.”
Verónica se quedó inmóvil.
Esteban cambió inmediatamente de tono.
“Señor, Mariana se cayó. Mi madre y yo íbamos a llevarla al hospital.”
“Entonces explícame por qué acaba de decir que no la dejan llamar al 911.”
Nadie respondió.
“Mariana”, dijo mi padre. “Acuéstate de lado. Respira despacio. Cuenta conmigo.”
“Uno…”
“Eso es. Dos.”
Esteban miraba el teléfono como si acabara de descubrir una bomba en su propia cocina.
“Creo que ha llegado el momento de presentarme correctamente”, continuó mi padre. “Mi nombre es Tomás Salazar. Soy Comisario General de la Policía Estatal de Jalisco.”
El silencio cayó sobre la casa.
Esteban palideció.