Había creído que yo no tenía poder porque nunca lo presumía.
Se equivocó.
Mi poder nunca estuvo en el cargo de mi padre.
Ni en su placa.
Ni en las patrullas que llegaron aquella noche.
Estaba en aquella llamada.
En la libreta verde.
En la cámara de una vecina.
En decir la verdad cuando finalmente tuve la oportunidad.
Bajé la mirada hacia Samuel.
Sus pequeños dedos volvieron a cerrarse alrededor del mío.
Y esta vez no sentí miedo.
Por primera vez en mucho tiempo, tampoco necesitaba que nadie viniera a rescatarme.
Ya había empezado a hacerlo yo misma.