—No, cariño. Nadie te
va a gritar.
La puerta se abrió más.
Ashley estaba descalza en el suelo frío, con una de las camisetas extragrandes de su padre, agarrando un perrito de peluche desgastado por una oreja. Tenía los labios agrietados, los brazos parecían dolorosamente delgados y el estómago hinchado bajo la tela.
Natalie sintió que la ira le subía al pecho, pero la reprimió. Ashley necesitaba manos firmes, no otro adulto asustado.
Dentro, el refrigerador solo contenía un recipiente turbio de sopa y una botella de mostaza.
Sobre la mesa de la cocina había una lista escrita a mano:
Arroz. Pollo. Bebidas electrolíticas. La medicina de Ashley.
Junto al teléfono había otra nota:
Cita urgente. Llamar a primera hora del lunes.
No eran las palabras de un hombre que hacía las maletas para desaparecer.