La respuesta me salió sin pensarlo.
—Quiero dejar de salvarlos.
Esa misma semana renté un departamento pequeño en Juriquilla.
Contrato a mi nombre.
Depósito pagado por mí.
Sin familiares.
Sin explicaciones.
Durante varios días saqué mis documentos, ropa y objetos personales poco a poco, aprovechando mis horarios de comida.
Mientras tanto, mi madre creyó que yo estaba derrotada.
Incluso comenzó a poner cajas afuera de mi cuarto.
El viernes por la mañana llegué para recoger lo último.
Mi madre estaba en la sala.
Sonrió al verme.
—Qué bueno que por fin entendiste.
No respondí.
Fui hasta una caja donde había algunos recibos antiguos y saqué una carpeta.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Antes de que pudiera contestar, sonó su celular.
Una vez.
Dos veces.
Luego el de mi padre.
Después volvió a sonar el de mi madre.
Miró la pantalla y frunció el ceño.