No había explicaciones ni despedidas. Familiares y amigos me insistieron para que entregara a los niños al sistema de asistencia social. Sin embargo, bastó mirar los diez rostros asustados alrededor de la mesa para saber que jamás podría abandonarlos. Ese mismo mes firmé los documentos de tutela; la adopción formal tomaría años, pero desde ese instante ya eran mis hijos.

Treinta años de entrega silenciosa
Los primeros años fueron durísimos. Durante el día trabajaba en un depósito de telas, y por las noches cosía uniformes para completar los ingresos. Los niños hacían su parte: Amanda cocinaba, Derrick reparaba lo que se rompía, Sue lavaba la ropa y los gemelos se turnaban las tareas domésticas.