Seis meses después de habernos conocido, Robert organizó una cena especial. Mientras los niños espiaban desde la puerta de la cocina, tomó mis manos y me hizo una pregunta inolvidable:

—¿Aceptas casarte con todos nosotros?
Las lágrimas y los aplausos de los niños hicieron innecesaria cualquier duda. Mi madre intentó advertirme que estaba asumiendo una carga demasiado grande, pero yo ya no veía a Robert y a sus hijos como personas separadas: eran la familia con la que siempre había soñado.
La desaparición inesperada
A una semana del casamiento, Robert desapareció. Su camioneta ya no estaba en la cochera, su teléfono permanecía apagado y nadie sabía dónde encontrarlo. Sobre la mesa de la cocina hallé una nota breve:
«Lo siento mucho. No puedo hacer esto.»