Sofía comenzó a llorar.
Durante veinticuatro años había creído que su madre no la había querido.
Ahora descubría que quizá ambas habían sido víctimas de la misma mentira.
—¿Mariana sigue viva? —preguntó.
Ernesto asintió.
—Y es una empresaria muy conocida.
Entonces Don Chema habló.
—Hay algo que nunca les conté.
Las tres hermanas se volvieron hacia él.
El anciano sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña llave oxidada.
—La encontré debajo de la manta de Sofía aquella madrugada.
Sofía la tomó con manos temblorosas.
En el metal había grabados dos números.
17-04.
Ernesto perdió todo el color.
—Dios mío…
—¿Qué ocurre? —preguntó Lucía.
El hombre señaló la llave.
—Pertenece a las antiguas cajas de seguridad de la familia Robles.
Sofía apretó la llave.
—Entonces vamos a descubrir qué escondieron.
Pero Ernesto negó lentamente.