Rebeca recibió una pena menor después de colaborar, pero también perdió el departamento que había comprado con dinero robado. La propiedad fue asegurada para cubrir parte de la reparación del daño.
La madre de Alejandro vendió su automóvil para pagar abogados.
Ninguno de los amigos que antes llenaban sus fiestas apareció durante el juicio.
Meses después, Valeria regresó al departamento de Polanco.
Había cambiado las cerraduras.
También cambió las paredes, los muebles y la mesa del comedor.
La cocina fue renovada por completo.
No porque necesitara hacerlo, sino porque no quería volver a ver el lugar donde Alejandro había lanzado la taza.
Una tarde, mientras acomodaba libros en una repisa, encontró una pequeña caja dentro de un cajón.
Era el estuche del anillo de bodas.
Lo abrió.
Estaba vacío.
Mariana había llevado el anillo a una casa de subastas por petición de Valeria. El dinero obtenido se destinó a una organización que ayudaba a mujeres víctimas de violencia doméstica.
Valeria cerró la caja y la tiró a la basura.
Luego se acercó a la ventana.
Desde allí podía ver la ciudad extendiéndose bajo la luz del atardecer.
Su rostro todavía conservaba una marca casi invisible.
No intentó ocultarla.
Aquella cicatriz no era un recuerdo de la mañana en que Alejandro la había destruido.
Era la prueba de la mañana en que ella dejó de permitirlo.
Un año después, Valeria recibió una carta.
No tenía remitente, pero reconoció la letra de inmediato.
Era de Alejandro.
Decía que había cambiado.
Que comprendía sus errores.
Que Rebeca lo había manipulado.
Que soñaba con el día en que Valeria lo perdonara.