El lunes por la mañana, Mercedes despertó a las 5.
Por costumbre, encendió la luz de la cocina y puso agua a calentar.
Después recordó que no tenía ningún encargo.
Se sentó frente a la mesa vacía.
Todavía quedaban algunas almendras en un tarro y una pequeña cantidad de azafrán.
Abrió el cajón donde guardaba las facturas.
El propietario de la casa le había concedido hasta final de mes para pagar los 3 alquileres atrasados.
Mercedes llevaba noches durmiendo mal.
Pero aquella mañana recibió una visita inesperada.
Pilar apareció con una libreta.
—No vas a creerte lo que ha pasado.
—¿Qué ocurre?
—He contado en el mercado que vuelves a cocinar. Tengo 17 encargos para el viernes.
Mercedes parpadeó.
—¿17?
—Y el dueño de la ferretería quiere otros 8 menús para sus empleados.
Mercedes tomó la libreta.
Los nombres estaban escritos con una letra apresurada.
Sintió una emoción extraña, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada durante demasiado tiempo.
Aquella tarde llamó Rafael.
Le confirmó el encargo para 180 invitados y le envió los datos necesarios para preparar el presupuesto.
Mercedes pidió ayuda a Pilar.
Las 2 mujeres pasaron horas calculando ingredientes, transporte, salarios y alquiler de una cocina profesional.
Cuando terminaron, Mercedes contempló la cifra.
—Es muchísimo dinero.
—Es muchísimo trabajo —corrigió Pilar—. Y tienes que cobrarlo.
Mercedes aceptó.
Con el anticipo pudo ponerse al día con el alquiler y comprar utensilios.
Contrató a Rosario y a otra vecina para ayudarla.
Por primera vez pagó a otras mujeres por trabajar en algo que ella llevaba décadas haciendo prácticamente sola.
Los pedidos comenzaron a multiplicarse.
Preparaban guisos, cocidos, albóndigas y croquetas.
Los viernes, Mercedes ofrecía su famoso pollo con almendras.
Los clientes hacían encargos con varios días de anticipación.
Pilar insistió en que necesitaban un nombre.
Mercedes observó la cazuela de hierro.
—La Cocina de Mercedes.
—Demasiado sencillo —respondió Pilar.
Mercedes sonrió.
—Entonces es perfecto.
Sin embargo, en medio de aquella alegría había una ausencia.
Álvaro seguía sin llamar.
Mercedes revisaba el móvil todas las noches.
A veces pensaba en escribirle.
Otras veces recordaba el trastero oscuro y se detenía.
No estaba enfadada con su hijo.
Pero había comprendido que no podía seguir pidiendo perdón por existir.