Rafael sonrió.
—Eso es precisamente lo que debe hacer una buena empresaria.
Victoria levantó su copa.
—Entonces brindemos por el nuevo proyecto de Mercedes.
Clara sonrió y se acercó a su futura suegra.
—Si necesita ayuda con los presupuestos y la imagen del negocio, puedo echarle una mano.
Mercedes, emocionada, apenas logró darle las gracias.
Álvaro permanecía inmóvil.
Se suponía que aquella comida debía acercarlo a Rafael y abrirle las puertas de una importante oportunidad profesional.
En cambio, el empresario estaba negociando con su madre, la mujer cuya existencia había intentado disimular.
Y comprendió que no se trataba de una humillación pública.
Era algo mucho peor.
Estaba viendo con claridad en qué clase de hombre se había convertido.
Se levantó bruscamente.
—Disculpadme.
Salió al patio antes de que alguien pudiera detenerlo.
Clara hizo ademán de seguirlo, pero su padre negó suavemente con la cabeza.
—Déjalo. Hay cosas que solo podemos comprender cuando nos quedamos a solas con nuestra vergüenza.
Mercedes miró hacia la puerta.
Instintivamente quiso levantarse.
Había pasado toda su vida corriendo detrás de los problemas de su hijo, protegiéndolo incluso de las consecuencias de sus propios actos.
Sin embargo, aquella vez permaneció sentada.
Por primera vez entendió que amar a Álvaro no significaba impedirle reconocer sus errores.
Mi hijo me obligó a esconder el guiso que había preparado desde las 5 de la mañana mientras recibía con una sonrisa a sus futuros suegros millonarios. «¡Esconde esa cazuela, mamá, no pienso permitir que me avergüences delante de ellos!». Sin discutir, saqué la vieja cazuela del trastero y la llevé al comedor. Pero cuando el padre de mi futura nuera reconoció su olor, se levantó temblando y reveló algo que nadie esperaba…