No la trataban como una celebridad.
Le tocaba observar.
Limpiar.
Ordenar.
Aprender.
A veces regresaba cansada y oliendo a cebolla.
Pero regresaba feliz.
Fernanda continuó en contacto con ella.
Publicó una segunda nota meses después, esta vez únicamente sobre su talento.
Sin mencionar a mis padres.
Un día, una mujer que había leído el primer artículo llamó para pedirle un pastel.
Después llegó otro encargo.
Luego una cena pequeña.
Valeria abrió una página donde mostraba sus platos.
Al principio tenía 83 seguidores.
Después 500.
Luego 2,000.
Yo vigilaba que no descuidara sus estudios y que no convirtiera aquella atención inesperada en presión.
Una noche le pregunté si estaba bien.
—¿Con qué?
—Con todo lo que pasó.
Dejó la manga pastelera sobre la mesa.
—Todavía me duele.
Esperé.
—Pero ya no pienso que fue porque cocinaba mal.
Eso me rompió el corazón de una manera distinta.