Mi hermana comenzó a llorar.
No corrí a abrazarla.
Tampoco disfruté viéndola sufrir.
Simplemente dejé que, por una vez, sus emociones fueran responsabilidad suya.
Tres días después nos reunimos en el despacho de Herrera.
Mi madre llegó acompañada de Verónica.
Teresa vestía impecablemente, como si asistir bien vestida pudiera modificar los documentos.
Apenas me vio, dijo:
«Quiero que termines con esta ridiculez.»
No respondí.
Herrera colocó varias carpetas sobre la mesa.
Primero, el estado del crédito.
Después, las transferencias hechas durante diez años por Horizonte Patrimonial.
Mi madre empezó a leer.
Su rostro cambió.
«¿Qué es esto?»
«La empresa que ha estado pagando tus deudas», dije.
Levantó la cabeza.
«¿La conoces?»
«Es mía.»
Verónica dejó escapar el aire.
Mi madre se quedó inmóvil.
«Eso no puede ser.»
Herrera deslizó diez años de comprobantes hacia ella.
«Puede y es.»