Durante la cena de Pascua, mi madre jaló del cabello a mi hija de 4 años y la hizo caer al piso mientras mi hermana gritaba: “¡Lárguense antes de arruinar la cena!”. No discutí. Abracé a mi niña, tomé mi bolso y me fui. Ellas no sabían que el sobre que llevaba dentro podía poner en peligro la casa que tanto querían conservar.

«Tú me impediste llegar hasta mi hija.»

Su rostro se contrajo.

«Entré en pánico.»

«Sofía también. Tiene cuatro años.»

Por primera vez, mi hermana no tuvo una respuesta preparada.

Dejó la caja sobre una mesa.

«Me equivoqué.»

Esperé.

«Y mamá también.»

Aquello era probablemente lo más parecido a una admisión que había escuchado de Verónica en veinte años.

Pero enseguida añadió:

«Si las grabaciones salen a la luz, esto puede afectar la campaña de mi marido.»

Sonreí.

Ahí estaba.

La verdadera preocupación.

«Mi hija no es un problema de relaciones públicas.»

«No dije eso.»

«Acabas de decirlo.»

Verónica cerró los ojos.

«Mariana, mamá está empeorando. Olvida pagos. Pierde documentos. Después acusa a otros. Lleva meses actuando raro.»

La observé.

«Entonces necesita un médico.»

«No quiere ir.»

«Eso no convierte a Sofía en su saco de golpes.»

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