Durante la cena de Pascua, mi madre jaló del cabello a mi hija de 4 años y la hizo caer al piso mientras mi hermana gritaba: “¡Lárguense antes de arruinar la cena!”. No discutí. Abracé a mi niña, tomé mi bolso y me fui. Ellas no sabían que el sobre que llevaba dentro podía poner en peligro la casa que tanto querían conservar.

Teresa me miró como si acabara de conocerme.

«Entonces arregla lo del banco.»

«No.»

«Mariana.»

«Dije que no.»

Golpeó la mesa con la palma.

«¡Es nuestra casa!»

Herrera colocó entonces el documento del fideicomiso.

«Ese es el siguiente asunto.»

Mi madre dejó de respirar por un segundo.

Aquella reacción me dijo que sí sabía algo.

Quizá no todo.

Pero sabía.

«No tienes derecho», murmuró.

«Sí lo tengo.»

«Tu padre jamás habría hecho esto.»

Saqué su carta.

«Lo hizo.»

Su mirada cayó sobre la letra de mi padre.

Por primera vez desde que entró, no tuvo nada que decir.

Entonces coloqué mi teléfono sobre la mesa.

Reproduje quince segundos del video del comedor.

Sofía intentando alcanzar el huevo.

Mi madre tirando de su cabello.

Mi hija cayendo.

La voz de Verónica diciendo que dejara de hacer dramas.

Detuve el video.

Verónica comenzó a llorar.

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