—Beatrice culpaba siempre a otras personas.
Vecinas.
Empleadas.

Incluso una vez acusó a una cajera del supermercado.
Sentí un nudo en el estómago.
—Pero era Raymond.
El detective asintió.
—Su suegro llevaba años robándole.
Y cuando la pulsera desapareció…
Brenda decidió esconderla para evitar que descubrieran quién era el verdadero responsable.
Todo encajó.
El auténtico ladrón siempre había vivido bajo aquel techo.
Pero la víctima terminó siendo una niña de tres años.
Meses después llegó el juicio.
El fiscal proyectó el video completo.
Nadie pudo apartar la mirada cuando Daisy intentaba cubrirse la cabeza mientras lloraba.
Ni cuando Beatrice la empujaba hacia el balcón.
Ni cuando Brenda cerraba la puerta.
El juez habló con voz firme.
—Ninguna tradición, disciplina o autoridad familiar justifica semejante crueldad contra un niño.
La sentencia fue contundente.
Ambos fueron declarados culpables.