Antes de que los aplausos se reanudaran, la presión dentro del frágil y narcisista ego de Thomas estalló violentamente. No podía asimilar la realidad. No podía aceptar que la sirvienta a la que planeaba despedir fuera la reina de la habitación.
Se puso de pie, pateando la silla con tanta fuerza que golpeó las rodillas del neurocirujano que estaba detrás de él. Estaba atrapado en un pánico ciego, desesperado y furioso.
—¡Esto es un error! —gritó Thomas con la voz quebrada, señalando al escenario con un dedo tembloroso—. ¡Es una mentirosa! ¡No es doctora! ¡Solo es auxiliar de enfermería! ¡Robó la identidad de alguien! ¡Seguridad! ¡Arréstenla inmediatamente!
La reacción fue instantánea y contundente. La élite médica no toleraba interrupciones, y mucho menos ataques desmedidos contra su mayor tesoro.
A los pocos segundos del arrebato de Thomas, tres fornidos guardias de seguridad del campus, fuertemente armados, aparecieron entre los pasillos. No hicieron preguntas. Dos de ellos flanquearon a Thomas, lo sujetaron de los brazos que agitaba y se los inmovilizaron con fuerza a la espalda, retorciéndolos lo suficiente como para que soltara un gemido de dolor.