A veces se despertaba convencido de que Ricardo estaba detrás de la puerta.
Una vez gritó porque soñó con Tomás caminando por el pasillo.
Otra noche preguntó:
—¿La abuela puede venir por mí?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Dejé una pequeña lámpara encendida junto a su cama.
Durante semanas dormí en un colchón a su lado.
Poco a poco empezó a mejorar.
La terapia ayudó.
Una rutina nueva ayudó.
También ayudó algo que parecía insignificante.
Poder hablar.
En nuestra nueva casa Mateo podía decir:
—No quiero cenar eso.
Podía enfadarse.
Podía quejarse.
Podía equivocarse.
Podía tener un mal día sin que nadie lo interpretara como un desafío a la autoridad.
Una tarde, casi un año después, regresó furioso de la escuela.
Un compañero le había quitado su estuche.
Mateo discutió con él.
La maestra obligó a ambos a disculparse.