Nunca.
Pero había conocido a mamá desde antes de que yo naciera.
Podía contarme cosas.
—Tu madre odiaba cocinar cuando se casó.
—Imposible.
—Quemaba hasta el agua.
—Eso no existe.
—Con ella sí.
Escuchar aquellas historias me hacía sentir cerca de mamá.
Quizá por eso empecé a pasar más tiempo allí.
Mis hermanos lo interpretaron de otra manera.
Éramos tres.
Yo era la menor.
Miguel vivía en otra ciudad.
Raúl estaba relativamente cerca.
Durante una comida familiar, Raúl preguntó:
—¿Todavía sigues yendo a casa de esa señora?
—Amelia.
—Sí, ella.
—Claro.
—¿Cuánto tiempo pasas allí?
—¿Por qué?
—Por curiosidad.
No era curiosidad.
Mi cuñada añadió:
—Esa casa debe valer bastante ahora.
Entendí inmediatamente.
—¿Y?
Raúl sonrió.
—Nada.
—Di lo que quieres decir.
—Clara, nadie está acusando a nadie.
—Acabas de hacerlo sin decirlo.
Mi esposo intervino.
—Ella simplemente la ayuda.