Cuando llegó esa noche, deslicé la tableta sobre la barra.
Su rostro perdió el color.
Pero solo durante un segundo.
Después se enfadó.
“¿Revisaste mis mensajes privados?”
Lo miré sin poder creerlo.
“¿Eso te preocupa?”
“No entiendes la situación.”
“¿Once meses también son difíciles de entender?”
Suspiró.
Me dijo que nuestro matrimonio se había vuelto monótono.
Que desde que nació Nicolás yo ya no era la misma.
Que nunca salíamos.
Que él tampoco se sentía querido.
Escuché durante varios minutos cómo convertía su infidelidad en una consecuencia de mis defectos.
Hasta que pregunté:
“¿La amas?”
Mauricio miró hacia el piso.
No necesité otra respuesta.
Subí.
Saqué una maleta.
Él me siguió.
“Estás reaccionando con la cabeza caliente.”
Seguí guardando ropa.
“Piensa en los niños.”
Seguí guardando ropa.
“¿De verdad vas a destruir nuestra familia por un error?”