Valeria volvió a corregirlo.
Un catamarán, entradas a un parque y una camioneta privada no
eran necesidades familiares.
Diego se pasó una mano por la cara.
—Está bien. Me equivoqué.
Valeria no respondió inmediatamente.
—¿En qué?
Él la miró.
—En los boletos.
—¿Nada más?
Diego bajó la vista.
Entonces apareció el verdadero problema.
Admitió que su madre llevaba meses diciéndole que Valeria era demasiado independiente.
Que hablaba de sus decisiones como si fueran algo que un esposo debía controlar antes de que se convirtieran en costumbre.
Que él se había reído de esos comentarios porque le parecían exagerados, aunque en el fondo también le incomodaba no saber exactamente cuánto ganaba Valeria, cuánto tenía ahorrado o por qué nunca parecía preocupada por el dinero.
—Sentía que había una parte de tu vida en la que yo no entraba —dijo.