Pero sí
lo registró.
A la mañana siguiente se encontraron en el departamento de la colonia Del Valle.
Las cajas de regalos seguían donde las habían dejado.
Algunos moños estaban aplastados.
Las flores de la boda ya comenzaban a marchitarse.
Diego dejó su maleta junto a la puerta.
Parecía agotado.
—¿Podemos hablar sin abogados? —preguntó.
—Podemos hablar tú y yo.
Se sentaron frente a frente en la misma sala donde él había anunciado que su madre y Karla irían a Cancún.
Durante los primeros minutos, Diego intentó regresar al punto más pequeño.
Dijo que debió avisarle antes de comprar los boletos.
Valeria lo corrigió.
No era cuestión de avisar.
Tenía que preguntar.
Diego aceptó la palabra con evidente incomodidad.
Después dijo que había creído que, al estar casados, ambos podían usar el dinero disponible para necesidades familiares.