El Secreto del Convento

El joven lo miró incrédulo.

—¿Cómo que no?

—Porque si esas personas de afuera son quienes creo que son, llamar a la policía no va a ayudarnos.

—¿Y qué se supone que hagamos?

Fonseca levantó la llave negra que había encontrado en el hábito.

—Vamos al convento.

Cuarenta minutos después, la camioneta de la morgue avanzaba por una carretera estrecha entre árboles.

La tormenta había comenzado.

La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que apenas podían ver el camino.

Camilo conducía.

Fonseca permanecía en silencio.

Sobre sus piernas llevaba una carpeta con los documentos de la monja.

Había algo que no dejaba de molestarlo.

El nombre.

María Inés de la Cruz.

Había buscado ese nombre en los registros digitales de la morgue.

No existía.

Lo había buscado en los archivos civiles.

Tampoco.

Entonces había revisado los documentos entregados por el convento.

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