Camilo dio un paso atrás.
—Tenemos que llamar a la policía.
Fonseca estuvo a punto de responder.
Entonces el teléfono de la morgue comenzó a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Fonseca levantó el auricular.
—Morgue Central.
Al otro lado nadie habló.
Solo se escuchaba una respiración lenta.
—¿Quién habla?
Silencio.
Entonces una voz de mujer susurró:
—Doctor Fonseca…
Fonseca se quedó helado.
Conocía esa voz.
Era la voz de la monja que estaba sobre la camilla.
—¿Quién es?
La respuesta llegó apenas audible.
—No mire debajo de la segunda camilla.
Fonseca levantó la vista.
Camilo estaba junto a la primera.
Había otra camilla al fondo de la habitación.
Vacía.
O eso habían pensado.
Fonseca hizo un gesto para que Camilo no se moviera.
—¿Quién eres?
La voz respondió:
—Soy la mujer que usted está a punto de matar.